Durante los años 60 y 70, los fabricantes de alimentos en Estados Unidos utilizaron cantidades pequeñas de castóreo, una sustancia segregada por los castores, para mejorar los sabores artificiales de vainilla, fresa y frambuesa. Sin embargo, rápidamente se dieron cuenta de que no había suficientes castores ni vainilla para satisfacer la demanda. Por lo tanto, comenzaron a desarrollar formas de generar artificialmente el sabor a vainilla. Hoy en día, menos del 0,3% de la vainillina utilizada en los alimentos proviene de las vainas de vainilla, y la mayoría se sintetiza a partir de otras fuentes naturales. En resumen, el sabor a vainilla no se hace a partir del ano del castor.
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